por qué pareciera tener prohibido
fingir por un día la existencia de mis canas y las maletas que las despintan
y tocar el mundo a través de los ojos de un niño
que susurra en mi oído el secreto de los sueños
con toda la franqueza del mundo, Doris confesó que con un sólo suspiro suyo se azotan las ventanas de su casa.
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Con las lluvias de ese invierno y la sobreabundancia de manzanas verdes, las desavenencias solo se multiplicaron; don Pedro se expresaba desde su ira cada día con mayor facilidad y el silencio de doña Soledad, que le tenía la piel fría como espanto, tensaba el aire de cada cena hasta trizar de la presión la loza china que el hermano de Soledad consiguió a envidiable precio en Istanbul, y que fuere su regalo de bodas para la enigmática pareja.
Se sentó junto a su pintura favorita, la imbatible melena de Doris cubrió el cuadro como dorada cortina cuando apoyó su cabeza sobre él, y lo sostuvo con la firmeza de un abrazo, con los ojos dibujados por sus recuerdos y la mirada dirigida al lente de la cámara como si la estuviese volviendo a ver. Había contemplado esa pintura un sin fin de ocasiones y no fue sino la aguda observación de su hija, 5 años después de la muerte de Doris, la única que logró identificar la silueta difuminada de su madre junto a su abuela, en lo que parecía un abrazo inmortalizado en el reflejo sobre la laguna.
Ese día despertó para recordarla, sacudida por la brisa sazonada con sal del pacífico y el reflejo del océano en el vidrio de sus pinturas. La luz del sol de las nueve y quince cepillaron sus pestañas cafés, salió del dormitorio dejando atrás una cama desecha y siete horas de sueño placido, para el riego matutino de la hortensia que replantaron juntas en el jardín frontal, bajo la escalera de la cocina. El agua de la manguera corre a tal presión que parece inmóvil, la mantuvo absorta hasta que la estremece esa alarma intestinal natural que solo puede apagar con una delicada taza de café y huevos revueltos en pan amasado.
Había dejado prácticamente todo arreglado la noche anterior, siempre intuyó que sería imposible dejar atrás esa casa sin oír a su espíritu desplomarse y fracturarse como vaso de vidrio mal afirmado. Dispuso toda su atención solo en lo que se debía hacer y se olvidó por un momento en todo aquello que debía sentirse, subió la maleta junto a las dos cajas con lo que escogió aferrar su memoria y llamó a Jaime antes de encender el auto.
el grito afilado de un ave ha enfriado mis luces un día más, sudando cristales de tristeza mi silueta colmada se recuesta en cada instante. el ave responde como eco de pánico y habita en silencio bajo la sombra de mi espalda, que se mantiene en profundo sosiego como presa y depredador.